Al escribir en este
espacio tengo la misma sensación que sentía cuando, de niño, empezaba una nueva
libreta. Inmaculada. Totalmente en blanco. Siempre me hacía el firme propósito
de ir llenándola procurando no emborronarla, cuidando la caligrafía, limando los
márgenes y que, en ella, no apareciesen aquellos típicos tachones provocados
por la tinta de unos bolígrafos "bic" demasiado frágiles para el
acoso de nuestros dientes. Al cabo de unas semanas, el propósito se había
quedado en eso. A lo sumo llegaba hasta la mitad de la libreta. No recuerdo
haber superado ese límite y, lo que es peor, las páginas aparecían llenas de
líneas que ni respetaban la horizontalidad, ni las barreras que imponían los
márgenes. Tal vez por eso, nunca me dieron una medalla a la pulcritud en el
Instituto y yo, presa de una incipiente frustración infantil, acostumbraba a
sustituirlas por las manchas azules -en la adolescencia me cambié al negro-
que, quisiera o no, adornaban invariablemente mis cuadernos. Ahora me encuentro
igual. O casi. He ganado en limpieza, eso si. Los márgenes, por la magia del
software, aparecen definidos y, aunque lo desee, no podría romperlos. También
las líneas aparecen horizontales y sin borrones. Hay una coherencia estética y,
las reglas de las formas, están claras. Pero ¿y el fondo?. La pregunta que me
hago es si esta libreta llegará a su fin. Ahí si que no me he movido un ápice
pero, a diferencia de lo que me sucedía cuando niño o adulto, puedo justificar
la obra inacabada en la falta de tiempo y el mucho trabajo. Antes solo cabía
atribuirlo a la pereza y a la falta de imaginación, ambos imperdonables en
edades tempranas. Y no me he olvidado del "propósito". La meta está
en trescientos sesenta y cinco días. Un año. Cuatro estaciones que conforman
todo un ciclo. Si no llego al final, siempre me quedará el consuelo que, al
menos la libreta no estará manchada.
José Ángel Mañoso

Te entiendo y me he sentido identificada con esa puesta en escena Yo también tenía el mismo propósito de niña, el de conservar esa libreta que empezaba, sin tropiezos ni tachaduras, momento mágico del inicio hacía una nueva aventura.
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